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Escenas de vandalismo que parecían traídas de las mejores películas de terror o de otros países, o no las habíamos visto tan cercanas a nosotros. Una marcha desarrollada pacíficamente de repente se convirtió en estragos en la Plaza de Bolívar, Frente a la Alcaldía Mayor, en las estaciones de Transmilenio o en algunos establecimientos comerciales, ¿de dónde salió esa gente a causar daño? Primera pregunta capciosa o retórica. Y el mérito de una marcha acompañada por la lluvia y la constancia de todos los manifestantes se desprestigio por la acción del vandalismo, y un gobierno que al final de la jornada indicaba que no permitirá que se atente contra los bienes públicos ni privados, sin indicar algunas primeras soluciones a la crisis social; este era el escenario en la Bogotá de Noviembre pasado cuando se dieron insinuaciones de movimiento social como hacia mucho tiempo no se veía.

Y es que en estas últimas décadas el movimiento social sufrió no solo un gran empobrecimiento sino su desarticulación para las luchas. Las opciones de izquierda (organizaciones partidarias, movimientos de acción armada, sindicatos combativos, expresiones populares clasistas varias) fueron duramente reprimidas por las fuerzas de seguridad de los gobiernos, siempre bajo la mirada vigilante de Estados Unidos, por años las protestas sociales estuvieron silenciadas. Pero paulatinamente se dio un despertar de nuevos movimientos sociales que, sin tener un proyecto de transformación radical, generaron nuevas dinámicas.

En América Latina, con la llegada de gobiernos de centroizquierda en buena cantidad de países al inicio del presente siglo, se dieron políticas redistributivas que ayudaron a cambiar un poco la situación de agobio de las grandes masas populares. Pero los planes neoliberales no terminaron, los esquemas económicos de base no variaron. Luego de algunos años, muchos de esos procesos de “capitalismo moderado” desaparecieron, volviendo a las presidencias de los estados ideologías abiertamente de derecha, antipopulares. Como las orientaciones del Fondo Monetario Internacional no variaron nunca en lo sustancial, y sobre todo en estos últimos años en buena parte de América Latina, los líderes sociales volvieron a la carga y esto fue evidente hacia fines de 2019.

Una de las manobras de los gobiernos de derecha en medio de los movimientos sociales es el establecimiento de lo que ellos mismos llaman el diálogo nacional con los líderes de los paros y las marchas agendando encuentros, proponiendo soluciones, pero sin ninguna acción concreta que confirmen sus “buenas intenciones”; en noviembre y diciembre pasados en Colombia hubo un interés manifiesto  en busca de su emancipación de la corrupción, contra la violencia y el atentado directo e indiscriminado contra los trabajadores, contra los que votaron y eligieron, contra el espectáculo de ministros que dicen que no permitirá políticas que desfavorezcan a los trabajadores, pero a su vez generando decretos nocivos hacia los derechos de los trabajadores.

Pero otra situación lamentable es que las fuerzas de izquierda, en cualquiera de las versiones posibles parecen ya no existir en su esencia, o estaban tan diezmadas/desacreditadas que no pudieron conducir políticamente esas rebeliones espontáneas. De ahí que el generalizado descontento popular tuvo las características de rebeliones, de explosiones populares que no llevaban claramente una orientación política revolucionaria, de transformación estructural. Era, en todo caso, la expresión de un descontento profundo contenido durante años; los nuevos movimientos sociales contribuyeron al clima de rebelión que se vivió.

Además existe un grupo de gente sin rostro que desde hace tiempo nos maneja la vida, nos hace pensar lo que quieren, nos presentan en los medios los hechos que quieren que veamos o escuchemos y la forma como quieren que nosotros veamos y pensemos esos hechos, desde hace mucho tiempo sucede, esto es otro detonante al descontento existente, porque los medios de comunicación nunca han hecho un análisis profundo sobre  la pobreza que causa el neoliberalismo en una Latinoamérica rica en recursos naturales (tierras fértiles, abundante agua dulce, petróleo, gas, innumerables recursos minerales, enormes litorales oceánicos, impresionante biodiversidad), pero con considerables índices de desigualdad socioeconómica en la mayor parte de los países de sur y centro América.

Ya sabemos que Colombia y en varios países de la región los gobiernos son lacayos de todo este tinglado, porque desde la época de la supuesta independencia del siglo XVIII algunas familias, multinacionales, bancos u otras empresas se apoderaron de las riquezas, ostentando ese poder sin ningún interés de cambiar ese estado de cosas y para sostenerse establecen gobiernos serviles en apariencia democráticos, en apariencia elegidos por medio del libre y soberano sufragio universal, con las instrucciones precisas de generar políticas que favorezcan este poder y de paso agrande la brecha de la desigualdad, con respecto a esto pregúntele a Colombia.

Mientras tanto los problemas sociales se multiplican en forma continua, con desempleo, falta de perspectivas, violencia, salarios de hambre, sin políticas agrícolas, poblaciones originarias reprimidas y olvidadas, una cultura patriarcal que sigue dominando la cotidianeidad, jóvenes sin futuro y, junto a ello, gobiernos corruptos que se ríen en la cara de tanta desgracia, todo ello constituye una poderosa bomba de tiempo. Y si no estalló masivamente antes es porque la represión y el miedo histórico de las décadas pasadas (guerras sucias que ensangrentaron todos los países, con 400.000 muertos, 80,000 desaparecidos y un millón de presos políticos, más cantidades monumentales de exiliados) siguieron obrando como una fuerte “pedagogía del terror”.

Mucho de la protesta popular de estos últimos años se dio no en la forma organizativa de antaño, a través de estructuras partidarias de izquierda, sino por medio de movimientos sociales, quizá sin una propuesta clasista, revolucionaria en sentido estricto (al menos como la concibió el marxismo clásico, como han levantado los partidos comunistas tradicionales a través de los años en el siglo XX), los nuevos movimientos sociales constituyen una alternativa muchos de ellos son movimientos campesinos y de reivindicación de territorios ancestrales propios; de hecho, constituyen una clara afrenta a los intereses del gran capital transnacional y a los sectores hegemónicos locales, más aún en este momento de expansión de un voraz capitalismo neoliberal. En ese sentido, funcionan como un nuevo camino, una llama que se sigue levantando, y arde, y que eventualmente puede crecer y encender más llamas.

Lo que se escuchaba entre diciembre y enero en Colombia, era a un presidente que ante la opinión pública niega las reformas, indica que no hay razones para realizar un paro,  resalta que existe una mesa de concertación donde se discutirán puntos importantes para los trabajadores, y después sus ministros declaran y comentan ante los mismos medios puntos sobre las posibles reformas, no recuerdo un gobierno tan anquilosado, tan confuso en un lenguaje que no se descifra fácilmente, lo que genera en primera medida mayor antipatía, y después una gran incertidumbre por lo que no sabemos exactamente que esperar, de lo único que estoy seguro es que ese ambiente de caos puede ser el propósito exacto de lo que quieren, para poder justificar la violencia, para volver al país al estado de guerra del cual disfrutan algunos y se benefician otros.

¿Es por ello por lo que en Colombia se prolonga este conflicto, mientras en otras latitudes las guerras pasan, se encuentran salidas negociadas, se ponen en marcha procesos de pacificación, en Colombia pareciera perpetuarse sin dar luces de poder entablarse negociaciones firmes que terminen de una vez el problema? Evidentemente, hay poderosos intereses en juego para que todo ello se perpetúe. El negocio de la violencia es muy fructífero para ciertos grupos. Si bien ha habido numerosos intentos de pacificar el país en estos últimos años con numerosos compromisos contraídos, luego no cumplidos, y recientemente se firmaron importantes acuerdos entre el gobierno y el principal grupo revolucionario alzado en armas, pareciera y da la impresión que la paz no termina de llegar nunca.

Al mismo tiempo, no puede dejarse de mencionar como elemento sumamente explosivo, la gran polarización económico-social que se da en el país, la cual se extendió aún más desde los 1980s. con las políticas neoliberales, y particularmente desde 1991 con las reformas constitucionales que permitieron profundizar las mismas. Según datos de Naciones Unidas, Colombia presenta una enorme disparidad en ese ámbito -uno de los países más desiguales del mundo- con un acaparamiento de tierras enorme en manos de la oligarquía terrateniente, y una gran masa de campesinos empobrecidos, que viven en un espacio físico bastante reducido según el Informe de Oxfam “Radiografía de la Desigualdad”, (2017), basado en datos del Censo Nacional Agropecuario.

Pero el 2020 se caracterizaba por un despertar espontaneo de protestas populares que siempre han existido, pero que ahora se manifiestan quizá ante un cansancio y una nueva mentalidad de personas que recién llegan a esta lucha, sin olvidar que en Colombia el presidente de derecha, acérrimo defensor de los planes neoliberales y estrecho aliado del gobierno de Donald Trump ha sido duramente cuestionado. En realidad, el actual presidente, sin con esto quitarle la más mínima responsabilidad, no hizo más que continuar las prácticas privatistas que vienen dándose desde los 90 del siglo pasado, forzadas por la banca internacional, en detrimento de las grandes mayorías, en otros términos: se continuó, igual que todos los presidentes anteriores, con las privatizaciones en el sector energético (petróleo y minería), en las comunicaciones y en los servicios financieros. Al mismo tiempo, continuaron las políticas de impuestos regresivos, beneficiando así a los grandes propietarios colombianos, y se profundizó la reducción de la inversión pública en áreas básicas (salud y educación). Todo ello aumentó la histórica pobreza urbana y profundizó la rural provocando un descontento creciente que estaba a punto de estallar en cualquier momento.

Y finalmente, estalló, entre fines de octubre e inicios de noviembre del año 2019, más de un millón de personas se movilizaron en las principales ciudades del país (Bogotá, Cali, Barranquilla, Bucaramanga, Cúcuta) exigiendo el fin de las medidas neoliberales. La respuesta del gobierno fue, al igual que en los otros países de la región, la vigilancia, la confrontación y represión. De ese modo, se registraron tres muertos, 250 heridos y cientos de arrestos. Las protestas se prolongaron hasta el inicio del 2020. Como consecuencia de esa movilización popular, se conformó un Comité de Paro, integrado por distintas organizaciones sociales, que representa una pluralidad de sectores populares y sociales, el cual entregó una lista de demandas al gobierno del presidente Duque. El pliego de peticiones incluye un amplio listado que toca puntos sobre la política económica y social llevadas adelante por el gobierno, el cumplimiento de acuerdos suscritos con los movimientos estudiantil, campesino y sindical, con los pueblos indígenas y afrocolombianos; el plan establecido era darle seguimiento a ese pedido, se tenían previstas distintas manifestaciones exigiendo el cumplimiento de lo solicitado, con diversas convocatorias para el transcurso de los primeros meses del año (abril y mayo).

La aparición de la pandemia como un inesperado aliado a su favor vino a alterar todo ello. Pero es evidente que el clima de protesta, descontento y agitación no ha culminado, es evidente que nuevamente esta represado y que tarde o temprano estallara, tal vez en medio de la pandemia, o como consecuencia de unas sospechosas medidas de confinamiento que limitan la movilización, la unión, la integración, esencia clave en las protestas sociales y en las concentraciones. 

Por eso las preguntas ¿fue la pandemia una pausa para estas luchas que se venían dando?, ¿apareció en el momento más inoportuno para el movimiento y tan oportuno para las políticas neoliberales?, pese a ello no hay que bajar la guardia, porque es claro que toda esta situación o hace parte de la misma intención de disminuir el movimiento social, o será aprovechada al máximo por los gobernantes y sus amos para sacar adelante todas las políticas causas de las protestas que con tanta fuerza aparecieron en Colombia y en Latinoamérica estos últimos meses.

Gracias a las pasadas manifestaciones del 15 y el 30, de junio no pudimos dar cuenta de la revitalización del paro nacional y de su nuevo pliego. Esto lo confirma la entrevista con el sindicalista Tarsicio Rivera Muñoz, en entrevista del día 2 de julio de 2020. Se revitaliza el paro.


Estamos en un momento coyuntural sin precedentes que sin duda debe ser apoyado por la organización sindical FEDEASONAL, haciendo caso a la convocatoria a la unidad del comité del paro tal y como evidencia la entrevista con Tarsicio Rivera, quien disiente con FECODE y su posición de “seguirle el juego al gobierno”, con la educación virtual

Referencias

Segovia, Camilo [Corona T.V, más allá del tercer canal]. (2020, 07 03). [Archivo de video]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=yjtGot0mGAE

Junio de 2020

Informe de Oxfam “Radiografía de la Desigualdad”, (2017), basado en datos del Censo Nacional Agropecuario.

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